Marta no es "anti-tecnología". Marta es prudente. Como Directora Financiera de una multinacional industrial, su trabajo consiste básicamente en decir "no" hasta que alguien le demuestre que es seguro decir "sí".

La semana pasada le presenté la idea de integrar Inteligencia Artificial con su amado JD Edwards para aprobar órdenes de compra.

Marta no me miró a mí. Miró a la puerta, calculando cuánto tardaría en salir corriendo.

—¿Me estás diciendo que un "robot" va a decidir sobre mis presupuestos? —preguntó, ajustándose las gafas—. ¿Qué pasa si el chat "alucina" y aprueba una compra de un millón de euros en clips de papel? ¿O si alguien le pide datos confidenciales de clientes?

Silencio en la sala.

Es la objeción número uno. Y sinceramente, es válida.

Es el miedo a la "Caja Negra". Marta se imaginaba a la IA como un becario loco con las llaves del reino.

La mayoría de consultores habrían empezado a hablar de protocolos de seguridad ahí mismo. Yo no. Sabía que si no atajaba ese pánico emocional primero, el proyecto estaba muerto antes del café del lunes.

Así que dejé que el silencio pesara.

(Continúa mañana...)

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