Su miedo era concreto: "¿Y si la IA se vuelve loca?".
Mi instinto de técnico saltó. Quise hablarle de Instancias Privadas de LLM. Quise explicarle que no usamos el ChatGPT público, que sus datos no entrenan al modelo y que todo se queda en su tenant de Azure.
Empecé a decir: "Marta, técnicamente usamos instancias aisladas que..."
Me cortó con un gesto de la mano.
—Mario, me dan igual las instancias. Me importa que se pague doble a un proveedor porque la máquina se líe. Me importa mi reputación si filtramos datos.
La lógica no cura el miedo. Sobre todo cuando ese miedo se basa en la pérdida de control.
Marta no necesitaba especificaciones. Necesitaba entender quién mandaba realmente. Ella pensaba que la IA era el Capitán del barco.
Tuve que cambiar la narrativa por completo. Tuve que usar una historia de terror que ella conocía bien para explicarle la solución.
—Marta —dije, apartando el portátil—. ¿Recuerdas el fraude del mes pasado?
Su cara cambió. Había tocado hueso.
(Continúa mañana...)


